sábado, 3 de abril de 2010

Sacrificio y castidad para los cristianos que se portan mal

Yo pregunto, Dios, ¿por qué "Semana Santa" en vez de "Semana de Turismo", como en Uruguay? Lo único que hiciste al ponerle ese nombre es que te odie a vos. Porque es tu semana y la de tu hijo y yo acá haciendo sacrificios obligatorios porque me mandaste la peste. Si yo elijo creer en vos, también elijo yo no comer carne o no salir de parranda a la noche. ¡PERO YO NO ELEGÍ ESO! Porque cada vez dudo más de tu existencia. Es por eso que, por despecho, el Viernes Santo comí un sandwich de jamón y queso. Mi iniquidad de a poco va haciéndose más notoria.

miércoles, 24 de febrero de 2010

Las vecinas: un mal común

"¡Mateo!, ¡Mateo! Vení para acá bonito, sí, pero no me muerdas. ¡Con ese perro, no!" Mi divina vecina cada día a las ocho de la mañana saca a pasear a su perro. He llegado a pensar que la mujer está loca, sin embargo siento pena por ella. Debe estar tan sola, que trata a su mascota como si fuera un ser humano.
Al ver al perro me impresioné de lo prolijo que estaba. Parecía que venía de la peluquería. Lo triste es que la dueña es impresentable.
Sin embargo, tengo una vecina que no se queda atrás. Vive al otro lado de la medianera, hace muchos años ya. Digamos, tiene sus manías (¡y qué manías!). Una vez, un arbol que habíamos plantado creció tanto, que invadió parte de su patio. En represalia, esta adorable señora echó querosene a nuestro jardín en plena época navideña.
Denuncias y reclamos resultaron ser incentivos para esta mujer, cuyo hábito diario de ir al bingo y gastar su jubilación no llegaba a satisfacer sus ganas de salir al mundo.
El último episodio sucedió días atrás. Se inundó mi casa el día de mi cumpleaños ya que había rebalsado la cámara de inspección de la cloaca, compartida con ella ya que es parte de un ph. No entendíamos por qué había pasado semejante cosa, por lo que fuimos y hablamos con ella al respecto. Al parecer, ella no lava los platos y no se baña, porque se le inunda su casa. Pero, qué casualidad, cuando llamamos a Aysa para que observaran el conflicto, repentinamente se vació la cámara. Todo en perfectas condiciones.
Sigo creyendo, y creo que es indiscutible: a esa mujer le faltaba acción en su vida.

http://www.youtube.com/watch?v=KdAawBuU3bQ

domingo, 21 de febrero de 2010

Eso es un macho?

Navidad. Una noche mágica. Más allá de las discusiones familiares que muchas veces se potencian llegada la fecha, no deja de tener su encanto. Y mucho más cuando después de la cena hay fiesta. Y ni te cuento si en esa fiesta conoces a un tipo divino que te conquista con su sonrisa.
Y bueno, por algo lo digo. Creo que esa noche es memorable. Se me acercó un hombre atractivo, carismático, que fue lo que más me gustó de él. Aunque... podría decir que más que nada me gustó que no tuviera miedo de sus palabras. No le importaba decirme: "mirá el minón con el que estoy hablando". Al que le gustaba bien, y al que no, también. Eso es un macho.
Es raro que yo diga esto. No es mi estilo tradicional de hombre, pero siempre hay una excepción a la regla.
Cuando volví a mi casa no hacía más que pensar en él. Al día siguiente me agregó a Facebook y fue entonces que empezamos a hablar. Arreglamos para salir el sábado a almorzar. Me pasó a buscar por el trabajo en su auto y en el trayecto me dijo: "cuando entré a tu facebook pude ver nada más tus fotos de perfil, y... debo decir que estás muy perra en algunas." Me quedé dura. Nunca pensé que alguien se animaría a decir algo así tan directamente. Me encantó, la verdad.
Uno de mis tantos problemas es que en la primera salida no me animo a comer. Soy muy torpe y tengo miedo siempre de que se me caiga la comida, sobre todo siendo un cuarto de libra con queso. Pero por suerte él era más torpe que yo y eso me hizo sentir más segura de mí misma.
Nos volvimos a ver a la noche. Compartimos amigos y esa noche se dio una salida todos juntos. Otra cosa que me fascina de los hombres es que sepan bailar bien. Y él era uno de ellos. Un motivo más para estar soñando con volver a verlo. Y sucedió, tres días después. Me pasó a buscar por casa y fuimos al río. Salimos del auto y se largó a llover, por lo que volvimos adentro.
Luego de darnos un par de besos me dijo que se le pasaban muchas cosas por la cabeza. Yo le insistí hasta el cansancio para que me contara alguna de ellas. Y lo logré. "Es que quisiera estar en un lugar más cómodo."
Serás muy macho, muy futbolista, pero me hiciste acordar a la publicidad de Doritos, y retrocediste muchos casilleros.

http://www.youtube.com/watch?v=A-x3_97VM0s

martes, 22 de diciembre de 2009

Mi vida en la panadería

El otro día comencé a entender un poco más el mundo de las ventas. La semana pasada empecé a trabajar en una panadería y pude verificar que la gente está loca, o por lo menos la mayor parte.
Primero, hay una notable diversidad en las personalidades del comprador. Tenemos al comprador "A" que entra al negocio sin saludar, se sirve sus medialunas y se retira silenciosamente. Ni una palabra. A lo sumo, preguntará cuánto es. Nada más.
También podemos encontrarnos con personajes como el "B", quien entra y, a diferencia del primero, saluda cordialmente. Además, en vez de servirse por sí mismo, te pide que vayas y le sirvas vos, una medialuna al lado del otra formando entre sí una figura prolijamente simétrica. Y no importa si es un comprador que se hace llamar comprador de honor a pesar de visitar el negocio una vez cada quince días: él quiere que media docena de facturas se las envuelvas en el paquete de una docena. Y no sólo eso, sino que también te pone la condición de que estén acostadas, no paradas, en una bolsa grande. No obstante, lo peor no es eso, sino que te paga con un billete de cien.
Sin embargo, no podemos olvidarnos del comprador "C", quien entra con su nieta (de tal palo, tal astilla) y te pide medialunas con dulce de leche a las siete de la tarde. Lógicamente, no hay. ¿Por qué? Porque se vendieron a lo largo del día, y a las siete y media ya se está cerrando el local. Pero es algo que esta persona no entiende, y te pide sin decir por favor, que vayas al fondo y te fijes si entre las facturas que están allí hay de dulce de leche. Vos vas, como vendedora complaciente que sos, y le repetís que no hay. Entonces, este comprador caprichoso se ofende y se va con su docena de facturas con membrillo.
Debo decir que a pesar de estos personajes, hay algunos otros que me alegran el día en cierta forma. Por ejemplo, aquellos que apenas entran se te ponen a hablar sobre sus nietos o sobre el clima que está en constante cambio. Gracias a ellos, porque en esos momentos, en los que trato de ser lo más simpática posible, me puedo meter en mi mundo sin que nadie se dé cuenta. Lo único que hay que hacer es reir y asentir.

miércoles, 16 de diciembre de 2009

Los remeros, una historia sin fin

Como toda adolescente, suelo meterme en líos bastante seguido. Pero últimamente es más usual que lo deseado. Todo empezó el día que conocí a este chico, Remo (quien a su vez practica remo), quien me invitó a un mundo nuevo al que desearía no haber entrado nunca.
La idealización forma parte de mi estilo de vida. Es por esto que desde el día que vi aquellos ojos color miel, dije: "me enamoré". Y surgió una salida con él luego de que se acercara a hablarme en el gimnasio. Pensamiento es materia.
Salimos: a las doce en punto me pasó a buscar por mi casa en su camioneta... bueno, la del padre. Sentí que hubo química y es por esto que al día siguiente accedí a una nueva invitación de su parte a tomar un helado. Me agarró de la mano y todo. Parecíamos novios.
Todo siguió más que bien hasta la última vez que salimos, dos semanas después. Esa noche fue la peor. No sólo porque lo noté muy distante a Remo, sino también porque conocí a alguien que más adelante se convertiría en uno de los principales en mi lista de "personas no deseadas".
Llegué al punto de idolatrar a Remo de forma exagerada en muy poco tiempo. Es por esto que decidí poner un fin a esa situación, preguntándole a mi muchacho: “¿qué pasa acá? ¿Qué esperás vos de esta relación?”. Y si bien no era la respuesta que deseaba, era la que pretendía escuchar: "Ahora, nada. Con el tiempo… la verdad es que estoy entrenando mucho y no me puedo acostumbrar a prestarle atención a alguien más que a mí mismo.”
Podría haber pensado en Narciso y en su amor propio. Pero por otro lado, lo entendí. Me adapté a verlo día por medio en el gimnasio. Yo en la clase de localizada, él en la parte de aparatos. De vez en cuando cruzábamos miradas y yo me iba a mi casa imaginándome qué habría pasado por aquella cabeza rubia mientras me observaba transpirada, haciéndo un esfuerzo infrahumano por levantar una pesa de dos kilos.
Después de tres semanas, una inmensa felicidad me regodeaba por el simple hecho de saber que, más tarde, lo iba a ver en esas circunstancias.
Sin embargo, las telecomunicaciones le dieron una nueva voltereta a mi vida. Nicolás me invitó a salir. Otro remero más y, no casualmente, amigo de Remo. "En qué te estás metiendo?" Eran las palabras de mi madre, a las que hice caso omiso. Acepté la oferta pero para mi fortuna no se concretó.
Adiós, Remo, me olvidé de vos. Pero eso no significa que más tarde no hubiera metido la pata nuevamente con los remeros. Para nada. Es más, una tarde de gimnasio me encontré a un amigo de él (aquél de la lista de los no deseados). Éste parecía ser completamente distinto a Remo: había incursionado en el estudio de la Ingeniería Química, viajó por el mundo en busca de su destino… En fin, a simple vista parecía interesante. Sin embargo, en la primera salida, no hubo afinidad. Fui conciente de ello, pero pensé que tal vez se debía a los nervios de la primera cita. Es por esto que le di otra oportunidad para encandilarme. Y, luego de una semana de no hablar, volví a verlo en el gimnasio, donde le recordé su propuesta de ayudarme a estudiar química (la excusa por excelencia).
“Mañana, mi casa, siete de la tarde” fue la propuesta de Franco. Las palabras de mi madre rebotaban en mi cabeza: “Me imagino que no irás a la casa, ¿no?” ¡Cómo deseé haber escuchado a mi mamá, cuando, compartiendo la mesa de estudios con Franco, este parecía sólo ser un amigo más, el que me contaba acerca de sus ex novias, el que no tenía un filtro para sus palabras! Esas tres horas que compartí con “el guatemalteco” me provocaron una tristeza tremenda, un llanto interno que no deseaba hacer tan notorio. Pero cualquiera, menos él, se habría dado cuenta de mis ojos tan faltos de vida.
El detonante tomó lugar cuando, a las 21:50, Franco me confesó no le había contado nada a Remo, su hermano del alma, acerca de nuestros encuentros. "No tenés códigos." Franco asentía riéndose, pero sabiendo que lo que le decía no era tan disparatado.
Lo único que quería en ese momento era irme. Y se lo hice saber a Franco, quien respondió “¿no te querés quedar a comer?” Y ante esta oferta le dije firmemente que no.
El timbre sonó cinco minutos más tarde. “¡Dale, abrime, che! ¿Por qué tardás tanto?” Era Remo. Mi corazón comenzaba a palpitar, mientras que Franco me decía: “Vení, escondete acá hasta que yo te diga." Me atrincheró en el baño. A todo esto, Remo no venía solo, sino acompañado por un amigo y una pizza de la pizzería del tío. Imposible despacharlo. “¿Qué hacés con tantas hojas de química? ¿Estás estudiando?” “Sí, para el año que viene.”
Lo que faltaba para que aquel momento incómodo fuera realmente una telenovela, era una ventana en el baño por la cual escaparme. Pero no había ninguna, lo único que podía divisar a mi alrededor además de los componentes usuales de un baño era ropa interior colgada por doquier.
“Ya fue, salís y que te vea Remo, o te traigo las cosas y te vas.” Franco me susurró cinco minutos más tarde. La segunda opción fue la elegida.
Esperé afuera del baño a que me trajera mis cosas. La puerta de la cocina fue abierta, pero no por Franco, sino por Remo, quien, al verme con una mueca de risa y las manos sobre mi boca para no ser tan evidente, me saludó y volvió a entrar a la cocina. No sé controlar mi impulso de reír cuando me pongo nerviosa.
Las mentiras tienen patas cortas. Me despedí secamente de Franco, quien definitivamente perdió su resto de caballerosidad al decirme a esas horas de la noche “te acompañaría, pero la situación no está como para que me vaya.” Entonces, estallando de bronca, me fui sola caminando por esas calles seguramente habitada por los monstruos más tenebrosos, a la parada de colectivo.
La impotencia que me dio al no poder hablar con nadie por mi falta de crédito en el celular era tremenda. Pero cuando abrí la puerta de mi casa, me conecté a Internet, dispuesta a descargar mis penas con algún amigo disponible, y fue entonces que Remo me dijo por chat: “no te imaginaba así.” Y eso fue lo más liviano que le dijo: adjetivos calificativos como zorra, basura, no escapaban a su vocabulario. Y yo le contesté simplemente: “Si sos tan hombre, llamame, y por lo menos decime todo esto por teléfono.”
"Arruinaste una amistad de muchos años. ¿No te da vergüenza?”...Por lo menos se dignó a decírmelo durante el llamado. Decidí no esforzarme más ya que no valía la pena. “Es inútil hablar con un obstinado”, pensaba. Me pasa seguido que después de hablar con la gente se me ocurren cosas interesantísimas que decir. Y esa vez fue una de ellas.
El Lunes siguiente a lo ocurrido, fui al gimnasio y los encontré a los dos remeros juntos. Cosas que pasan.